Critica Metropolis (Fritz Lang, 1926)



METROPOLIS 1926 Produción :UFA. Productor:Erich Pommer. Guión: Thea von Harbou y Fritz Lang. Fotografía:Karl Freund, Günther Rittau y Eugene Schüfftan(para los efectos especiales). Música:Gottfried Huppertz. Decorados:Otto Hunte, Erich Kettelhut, Karl Vollbrecht y Walter Schultze-Middendorf(Para las esculturas). Duración 4.189 metros (aproximadamente 170 minutos); versión abreviada para Estados Unidos: 3.170 metros (120min); versión restaurada por Enno Patalas: 3.580 metros (143 minutos); versión de Giorgio Moroder: 83 minutos.
ARGUMENTO: En la lujosa ciudad de Metrópolis del año 2026, los obreros viven y trabajan diez pisos bajo tierra. Intentan sublevarse, pero la joven María les tranquiliza hablándoles de un futuro más apacible donde gobernará el amor. John Fredersen, el amo de la ciudad, ordena al científico Rotwang que le dé a un robot las facciones de María, Para llevar a los obreros a una rebelión suicida. Influidos por el androide, los habitantes del subsuelo empiezan a destruir su propio mundo. María logra escaparse del laboratorio de Rotwang y , con la ayuda del hijo de Fredersen, el único miembro de la clase superior que ha tomado conciencia de la injusta situación, logra salvar a todos los niños. Rotwang muere en su lucha con Freder Fredersen, y éste hace de mediador entre su padre y el capataz de los obreros.
CRITICA: El dia 4 de Octubre de 1924, cinco meses después del estreno de la segunda parte de los Nibelungos, Fritz lang, Erich Pommer y dos directivos de la UFA partieron en barco hacia Estados Unidos, con la intención de supervisar la apertura de varias oficinas de la compañía de Nueva York, estudiar los métodos de trabajo de las grandes productoras americanas y cerrar una serie de provechosos tratos con la Paramount y la Metro Goldwyn Mayer. Al llegar por mar y de noche a Manhattan y divisar la arquitectura de sus rascacielos, sin duda sorprendente para cualquier europeo, Lang empezó a concebir las líneas visuales de metrópolis ( y no la película entera, como se ha reseñado en varios trabajos sobre el cineasta; tres meses antes, en junio de ese mismo año, Lang y Von Harbou ya habían ultimado el argumento del film).

Metrópolis, film cuya arquitectura visionaria ha ejercido una notable influencia en la historia del cine (mucha más, sin duda, que Blade Runner, película de mítica forzada), es una obra eminentemente visual: el alucinante reloj que sólo marca las diez horas de las jornadas de trabajo , las coreografías propias de los obreros trabajando en las entrañas de la tierra, las simetrías que provocan las entradas y salidas de la fábrica de cada grupo, el movimiento cadencioso del robot, los contrastes de dos espacios concebidos de la misma forma opresiva que la sala de máquinas del subsuelo y los jardines eternos de Metrópolis , la danza de los aviones sobre la ciudad, las figuras que forman los miles de extras en la evocación de la Torre de Babel, la utilización de la luz de la linterna cuando Rotwag secuestra a María en las grutas, la multitud de niños al intentar subir al emplazamiento del gong mientras el agua inunda la calle, la nueva María encorvándose como si fuera el jorobado de Notre Dame , las visiones demoniacas de dios Moloch que tiene Freder cuando estallan varias tuberías de la fábrica, la apariencia siniestramente noctámbula del barrio alegre de Yoshiwara, o la analogía entre la imagen antes citada de los niños con los brazos alzados intentando salvarse de la inundación y la de los hombres de cabaret vitoreando al robot con facciones de la virginal María. Esa imaginativa concepción estética, que obviamente debe tanto a la fértil imaginación de Lang como al trabajo de su habitual equipo de decoradores, la creativa iluminación de Freund y Rittau y la calidad de los efectos especiales de Eugene Schüfftan , no funciona en paralelo con el propio sustrato temático del film, como en varias ocasiones se ha apuntado. La relación entre John Fredersen y el cinetifico Rotwag perturbada por el amor que este ultimo sentía a la esposa del amo de la ciudad, muera al dar a luz a Freder ( que proporiona a la película la densidad de algunos temas languianos como la culpabilidad, la venganza y la locura ), o el sumido cristianismo que se apodera de la iconografía del fillm (los mitines de María se realizan en una suerte de catacumbas con decorados de cruces) fluyen armoniosamente con esa división arquitectónica de la ciudad o las visiones alucinantes que por unas u otras razones sufren los personajes.

Pero lo que indudablemente no funciona, y no sólo por que Lang ya no se lo creyera en el momento de rodarlo ( lo atribuía a Von Harbou, pero se hacia tan responsable como ella por haberlo realizado), es esa visión ingenua de la aproximación entre el capitalista y el obrero, entre la mente y las manos, a través del hijo del primero que ha comprendido los problemas del segundo, o sea, el corazón. Lang demuestra entonces que su tratamiento del tema carece de fundamento ideológico concreto, por mucho que su textura aparente sea humanista, y roza la abstracción de anteriores y futuros trabajos. Puede que si se hubiera decidido a poner en las películas algunas ideas decididamente limite que desechó durante el rodaje, como una batalla entre la ciencia moderna y la magia ocultista representada por imágenes distorsionadas de puentes destruidos e iglesias góticos de las que salían fantasmas y espíritus demoniacos, o , sobretodo, la partida del jocen Freder hacia las estrellas tras solucionar las enemistades sociales, Metrópolis no respiraría hoy esa sensación entre inocente y maquinal sobre un futuro vocacionalmente imperfecto. Quizá el film sea , lo que Fiedra Grafe define como un prodigio de arquitectura fantástica animada, una pesadilla de constructor de células llenas de humo donde el agua salpica el asfalto como sangre por los poros
Unas consideraciones finales sobre la versión perpetrada por el músico Giorgio Moroder en 1984, sin duda la más popular en el peor sentido de la palabra. Está bien que hayan utilizado los virados más ortodoxos (azul para la ciudad exterior y la fábrica, rojizo para las visiones de Moloch, sepia fuerte para los interiores, marrones algo más suaves para el laboratorio y las dependencias de Rotwang), aunque al final se confundan todos los tonos y no sigan la lógica pretendidamente anunciada al principio. Tampoco es molesta la colocación de fotos fijas del rodaje, pero si que reencuadren sobre ellas con zooms. Ya es más grave que el moderno e inepto Moroder se dedique a poner luces de neón en algunos de los artilugios del laboratorio de Rotwang. Y resulta absolutamente irritante que , existiendo copias más completas, Moroder y su equipo hayan montado una versión de tan sólo 83 minutos. Sobre la música seleccionada, mejor correr un tupido velo: si las imágenes de metrópolis deben acompañarse de canciones entre el AOR, el sinfonismo más caduco y el pop endulcorado interpretadas por gente como Jon Anderson, Freddie Mercury, Pat benatar y Bonnie Tyler para encontrar su eco en las generaciones más jóvenes, mejor que la película de Lnag sega siendo desconocida. Tamañana aberración no justifica los pretendidos intereses y convierte la visión de Metrópolis en una pesadilla auditiva .

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